sábado, 25 de febrero de 2012

EL AMOR VERDADERO


Cómo encontrarlo, demostrarlo y conservarlo



El amor y la felicidad son como un perfume que, al ponérselo a otro, te salpica.






Para que haya amor verdaderamente duradero y auténtico, éste debe apoyarse sobre una base más perdurable que la sola atracción física o satisfacción carnal. Debe haber un deseo espontáneo y generoso de proteger, ayudar y hacer feliz a la otra persona. Además, debe existir cierta admiración por las cualidades más elevadas de la otra persona. Un hombre o una mujer pueden muy bien estar enamorados de las ideas de su pareja, o de sus sentimientos. Pueden enamorarse de su actitud espiritual, o de la compañía afectiva que les proporciona, todo lo cual tiene poco o nada que ver con la belleza física. El amor verdadero es espiritual, no exclusivamente físico. Se manifiesta más que nada en la unidad y compatibilidad de gustos y en las cosas y hábitos que se tienen en común.


Hasta esas cosas que no se tienen en común pueden resultar a veces interesantes y divertidas. Por ejemplo, a mi esposa le interesa bastante la ropa. Yo disfruto de sus pequeños desfiles de moda porque sé que a ella le gustan y que los hace para complacerme. En cambio, a mí la ropa nunca me ha resultado de particular importancia. Me basta con verme limpio y bien arreglado. Me interesa más la gente. En muchos casos no soy capaz de decir qué llevaba puesto una persona cinco minutos después de haberla visto. Pero probablemente pueda decirte en qué pensaba, o describirte su personalidad, porque quizá la observé con detenimiento y capté lo que había en su interior.


Cuando yo era joven y buscaba esposa, mi madre me dijo cierta vez que no priorizara el factor físico. Me recomendó que buscara en la mujer algo más que eso. Por encima de todo, que buscara ese algo indefinido llamado personalidad. Que buscara la vivacidad de espíritu, la fascinación del intelecto, el irresistible atractivo de su corazón, la magnanimidad de su alma; es decir, el aspecto espiritual de ella, que a su vez solamente halla satisfacción en la parte espiritual de uno. Las cosas de este mundo pueden dar satisfacción al cuerpo, pero Dios nos ha hecho de tal modo que nuestro corazón o espíritu solo pueden hallar contentamiento en lo que atañe a la esfera espiritual.


La Palabra de Dios dice: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo, [...] los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.»


(1 Juan 2:15-17.) «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la Tierra» (Colosenses 3:2). «Pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4:18).


Dios no dijo que no nos gustarían las cosas de esta vida, que no las necesitaríamos o que no debíamos disfrutarlas o desearlas. Nos advierte, más bien, que no las deseemos desmedidamente, de forma que acabemos anteponiéndolas a los valores más importantes y elevados, o incluso a las necesidades del espíritu.


Cuando el mundo material adquiere en nuestros afectos supremacía sobre el espiritual, practicamos una forma de culto a la creación por encima del Creador. Pero Dios y Su mundo espiritual no aceptan que los releguemos a un segundo plano en nuestros afectos e intereses, e incluso en nuestras actividades. Por eso dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Mateo 22:37-39.) «No tendrás dioses ajenos delante de Mí, porque Yo soy el Señor tu Dios, fuerte, celoso» (Éxodo 20:3,5). «Buscad primeramente el reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas [nuestras necesidades] os serán añadidas» (Mateo 6:33). Si hacemos eso, Él nos dispensa gustosamente todas esas cosas, incluidos los deseos de nuestro corazón, siempre y cuando nos deleitemos en Él (Salmo 37:4).


Además de concederme siempre lo que me ha hecho falta conforme a Sus riquezas en gloria (Filipenses 4:19), Dios me ha dado también mucho de lo que yo deseaba, en tanto que fuese bueno para mí, incluida una buena salud, un lugar seguro y cómodo para vivir, lo suficiente para comer, el descanso necesario, ejercicio entretenido, vistas y sonidos agradables, y mucho amor y afecto.


Él me da lo que quiero, así como también lo que necesito, porque mi mayor deseo y lo que más me ha ilusionado toda la vida ha sido complacerlo a Él y llevar felicidad a los demás. A cambio de ello me ha concedido las mayores bendiciones que un hombre podría pedir: amigos y familia, el amor de mis hijos, alegría, satisfacción espiritual, un sentimiento de realización personal y un propósito sublime en la vida. A veces pienso que en cualquier momento podría partir en paz, contento y completamente satisfecho. Es que además de haber visto la gloria del Señor, se me han cumplido prácticamente todos los deseos de mi corazón.


No obstante, si ponemos esos deseos naturales por encima de Dios, de los demás y de las necesidades de nuestro espíritu, descubrimos que nada podrá saciarnos, ni siquiera la más total entrega a los placeres. El hombre o la mujer que solo procuran gratificarse físicamente o gratificar a su pareja, nunca hallarán satisfacción y felicidad totales. Es que las cosas de este mundo solo pueden satisfacer el cuerpo, pero únicamente Dios y Su amor verdadero pueden llenar ese doliente vacío espiritual presente en cada ser humano y que Él creó exclusivamente para Sí.


La verdadera felicidad no reside en la búsqueda personal de placeres y satisfacciones egoístas, sino en hallar a Dios, en comunicar Su amor y Su vida a los demás y en procurar la felicidad de otras personas. Es entonces cuando la felicidad nos persigue, nos alcanza y se adueña de nosotros, sin que siquiera la busquemos.


En cierta ocasión conocí a una mujer que vivía siempre a la busca de un nuevo amante, de un amor distinto, pero nunca hallaba una relación satisfactoria ni duradera. Buscaba amor para sí, quería recibir amor, ser amada. Cuando le comenté que tal vez tenía que aprender a manifestar amor, a amar de forma desinteresada, procurando el bien y la dicha de otra persona, aquello le pareció una idea totalmente novedosa. Nunca se le había ocurrido. Cuando cambió de actitud y buscó una persona a la cual hacer feliz demostrándole su amor, no tardó en encontrar lo que siempre había deseado.


Esa es la clave: Busca a alguien a quien hacer feliz, y entonces la felicidad te encontrará a ti. «Dad, y se os dará» (Lucas 6:38). «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7). Es ni más ni menos una de las normas o leyes espirituales de Dios, tan clara y certera como las leyes de la física, la gravedad por ejemplo. Las leyes espirituales divinas nunca fallan. Se cumplen siempre, ya a favor, ya en contra nuestra, según las obedezcamos o no. La primera de ellas es precisamente la ley del amor, amor desinteresado a Dios y a nuestros semejantes. Si obedecemos ese precepto y damos a Dios y a los demás el amor que les debemos, también recibimos, porque con la misma medida con que medimos, nos vuelven a medir (Lucas 6:38).


Por eso me quieren muchas personas: saben que yo también las quiero a ellas, que las amo de verdad y que en realidad prefiero su felicidad y su bienestar a los míos. Ver felices a los demás y hacerlos felices me hace feliz a mí. Y también te hará feliz a ti.


La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad ajena son cosas que sólo Dios puede dar. Además, son las únicas que satisfacen nuestro espíritu. Si quieres, pues, ser feliz y hacer verdaderamente feliz a otra persona, busca la satisfacción espiritual que sólo se encuentra en Dios y Su amor.

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