domingo, 29 de abril de 2012

FORMAS DE ORAR

Diversas corrientes espirituales, en diferentes países y épocas, han resaltado la utilidad, para el desenvolvimiento espiritual, de la repetición vocal o mental de una palabra sagrada, o de alguno de los diversos nombres que el ser humano ha utilizado para referirse a lo Divino.


Los hindúes practican los mantras, y el yapam (o japam) es la repetición de un nombre de lo Divino.

En la tradición Budista se practica la repetición de fórmulas sagradas como: Om manipadme hum ("Om, joya en el loto del corazón");

En el Judaismo también se recitan frases como: Barukh Atah Adonai ("Bendito eres Tú, oh Señor"); Adonai, Adonai, El Rahum ve Hannun ("Señor, Señor, misericordioso y compasivo")

Los sufíes, como una forma de recordar a Dios (Allah), practican el Dhikr o Zikr ("invocación"), acto caracterizado por la repetición del nombre de Dios. El sufismo hace de la invocación del nombre Divino, Dhikr, un instrumento fundamental de su método.

“Que el devoto se siente a solas … y no cese de repetir continuamente “Alá, Alá”, centrando sus pensamientos en ello”. dice Al-Ghazali . 

En el Padre nuestro, oración cristiana dada a conocer por Jesús de Nazaret, según relatan los Evangelios, la primera petición es “Santificado sea tu Nombre”.

La palabra hesiquia proviene del griego y significa paz, tranquilidad. Los hesicastas aspiraban a una unión perfecta con Dios mediante la oración, fijando la mirada interior en el “lugar del corazón”, dentro de un profundo silencio interior. 

Su forma preferida era la oración de Jesús, en donde, con variantes, como por ejemplo: “Jesús, ten piedad de mi”, siempre estaba presente el nombre de Jesús, como eje central de esa oración continuamente repetida.

Esta tradición espiritual tuvo sus principales focos de actividad en los monasterios del Sinaí, y en el Monte Athos.


Monje del Monte Athos

La repetición continua del nombre de Jesús es una forma de oración utilizada desde hace mucho tiempo por los griegos cristianos y por ortodoxos rusos, y muchos han hecho de ella su oración fundamental y el sostén de su vida espiritual. Un ejemplo de esto aparece en el libro “Relatos de un peregrino ruso”.

El peregrino es un hombre afectado por diversas desgracias: tenía el brazo derecho inutilizado y,

habiendo sufrido la muerte de su esposa e hijo, decide peregrinar a diversos lugares sagrados. Sus únicos bienes son una alforja con pan duro y la Biblia.

Un domingo entró en una Iglesia y estaban leyendo una epístola de San Pablo que exhorta a “Orar sin cesar”. Estas palabras lo impactaron profundamente y se preguntó ¿cómo es posible orar sin cesar ?, siendo que tenemos tantas ocupaciones y distracciones.

Buscó a alguien que le enseñara a orar continuamente, hasta que finalmente encuentra un monje con experiencia (starets), quien le enseña a repetir constantemente la oración de Jesús.

Leemos en el Peregrino ruso: “el starets me dijo las siguientes palabras: la oración de Jesús, interior y constante, es la invocación continua del nombre de Jesús, con los labios, el corazón y la inteligencia, en el sentimiento de su presencia, en todo lugar y en todo tiempo, aun durante el sueño… se expresa por estas palabras: ¡Jesucristo, ten piedad de mí”.

El Peregrino la repite con perseverancia, hasta que se encuentra repitiéndola continuamente, en sus diversas actividades, y la oración “se introduce en su corazón”.

En el Prologo de la edición de “Relatos de um peregrino” (Relatos de un peregrino ruso), publicada en Brasil por ECE Editora, leemos unos párrafos iluminadores, que transcribimos a continuación (página12):

“… hay una presencia eterna en el hombre, una vocación divina, y eso en sí, es como un estado latente de oración interior”.

“Las tentativas conscientes para actualizar en sí esa presencia divina son también oración, constituyen ejercicios de oración. Ellas producen un efecto directo en el alma. Son impactos sucesivos que la van transformando continuamente, desechando las capas de inconsciencia que turban la parte divina que hay en cada ser”.

“Mas al mismo tiempo, quisiéramos invitar al lector a descubrir, no solo en el peregrino, sino también en las almas, un modo particular de ser que puede llamarse estado de oración. Es un acto simple, independiente del tiempo y de la acción, que fija al ser, estáticamente, en un punto interior, como centro fijo de su existencia. Este estado es la ofrenda permanente del alma a través de la Renuncia”.

“Por eso la vida interior espiritual no se alcanza sólo con la oración como ascética, sino con la oración como estado, permanente”.

“Esto es lo que el peregrino buscaba: el estado permanente de oración, cuando procuraba incansablemente la oración continua. Y así, conseguir vivir en permanente ofrenda de sí mismo y penetrar los misterios divinos, para entregarlos en forma pura y simple, y siempre actual, a todos los hombres”.

En el libro “Invocación del nombre de Jesus” leemos: “No pensemos que por haber transcurrido cierto tiempo con la invocación del Nombre sin “gustar” nada, se haya utilizado mal el tiempo y el esfuerzo haya sido poco fructífero, sino que por el contrario, esta oración, en apariencia estéril, puede ser mas agradable a Dios que los momentos de rapto, si está libre de cualquier búsqueda egoísta de gozo espiritual; esa es la oración pura, la desnuda voluntad… la vigilia tranquila en el Nombre no puede dejar de producir bendición y fuerza”.



Para el sufismo, el dhikr, la repetición del Nombre Divino, como oración continua, es como una corriente arrolladora que, además de eliminar los atributos negativos, pule e ilumina el corazón del discípulo. Es decir, que purifica su mente y su corazón, desligándolo de la actitud egocéntrica, egoísta, y así, lo hace apto para percibir y sintonizar con la corriente divina que siempre estuvo allí, en su interior.

Para Anthony de Mello, el Nombre Divino es un “sacramental”, por el “poder contenido” en dicho Nombre. Para él, el Nombre no se limita a referirse a Dios, sino que lleva consigo “el poder, la gracia y la presencia de Dios”.

El maestro hindú Ramakrishna decía: “Dios y su Nombre son uno” y enseñaba a sus discípulos a practicar el yapam, la repetición del Nombre de lo Divino.

El repetía con frecuencia el nombre de “Kali”, la Divina Madre del Universo, a quien adoraba continuamente, y era para él la manifestación de lo Absoluto, de lo Eterno; era lo Divino en su” aspecto de cercanía”, lo Inmanente, “la Conciencia que todo lo penetra”.

Para Ramakrishna una firme y sincera determinación de repetir el Nombre Divino regularmente es muy importante. De esta manera se vuelve un “yoga”, una manera de unirse con la Realidad última, en el propio interior del practicante, sin importar la actividad que se esté realizando, ni las situaciones externas. La mente, cuerpo y habla del practicante se llenan con la idea de la práctica de la repetición del Nombre Divino, así entonces, se manifestará la espiritualidad latente.

Ramakrishna decía que al ser humano actual le es muy difícil tratar de concentrarse directamente en lo Divino en su aspecto Trascendente (como buscaban hacerlo los antiguos Rishis, maestros que vivían en montañas apartadas, como el Himalaya), y por esto, consideraba que la repetición frecuente del Nombre de la Divina Madre era una práctica accesible y segura, que podía conducir al practicante a desapegarse de lo mundano y fijarlo interiormente en lo Divino.

En relación con el poder contenido en el Nombre Divino, la corriente del sufismo considera que el Nombre Divino implica una Divina Presencia, que se hace operativa en la medida en que el Nombre se convierte en un “centro de atención” en la mente del que Lo invoca.

De acuerdo a este enfoque, el hombre no puede concentrarse directamente en el Infinito, pero concentrándose en el símbolo del Infinito, alcanza al Infinito mismo. Cuando la mente se identifica con el Nombre, hasta el punto en que cada proyección mental es absorbida por la forma del Nombre, la Esencia Divina del Nombre se manifiesta espontáneamente, ya que esta forma sagrada no conduce a nada fuera de sí misma; no tiene ninguna relación positiva, excepto con su Esencia, y finalmente, sus límites son disueltos en esa Esencia. Así, la unión con el Nombre Divino se convierte en unión con Dios mismo.




Rumi. Místico sufí.


Etapas en la oración continua


Autores de diversas corrientes (cristiana, hindú y sufí) coinciden en señalar 3 etapas en la oración continua, dentro de un proceso de interiorización y creciente fijación interior:


1. Oración de los labios


2. Oración mental (repetición mental automática)


3. Oración del corazón (subconsciente).
Una forma de comenzar puede ser dedicando todos los días un tiempo regular y preestablecido a la invocación del Nombre Divino elegido, hasta que se vaya haciendo un hábito.

Al comienzo la repetición del Nombre Divino puede ser una oración vocal (en voz audible o formada silenciosamente por los labios y la lengua). Con el tiempo la oración se hace mas interior y el intelecto repite el Nombre, sin ningún movimiento exterior de los labios.

A medida que aumenta la interiorización, la atención en la oración se hace más continua.

La oración adquiere poco a poco su ritmo propio, comienza a repetirse espontáneamente, hasta que finalmente, la oración “entra en el corazón”, como si su ritmo se identificara con los latidos del corazón. Así, la práctica de la oración, en forma continuada, puede conducir al estado de oración.

“Al cabo de cierto tiempo noté que la oración se originaba sola dentro de mi corazón,

es decir que mi corazón, latiendo con toda regularidad, se ponía en cierto modo a recitar

las palabras santas a cada latido …. Dejaba de mover los labios y escuchaba con atención lo que decía mi corazón”. Peregrino ruso.

Al comentar la práctica del dhirk (práctica del recuerdo de Dios) de los sufíes, Al-Ghazali recomienda: “Que el devoto se siente a solas … y no cese de repetir continuamente “Alá, Alá”, centrando sus pensamientos en ello . Que continúe hasta que … descubra que su corazón persevera… Si sigue el camino señalado … la luz de lo Real brillará desde su corazón”. (Herbert Benson, 1977, p. 110).

Esta etapa, descubrir el “lugar o morada del corazón», constituye el fundamento del hesicasmo, de la mística de los sufies y de aquellas corrientes espirituales que se orientan hacia una “mística del corazón”.

La fijación interior, en esta “morada del corazón”, punto de encuentro entre lo humano y lo Divino, corresponde a la práctica de la Presencia Divina. Ya aquí el intelecto y el corazón están unidos, y orientados hacia aquello que siempre ha sido el anhelo de todos los que recorren el camino místico: la unión con lo Divino.

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