martes, 22 de mayo de 2012

EL AMOR A TODO


Calor, frío, dolor o suavidad, la piel siente todo, absorbe todo, capta todo. La piel se enrojece ante un cumplido o se estremece con una caricia, es decir, expresa claramente todo lo que podríamos expresar con palabras para transmitir de inmediato el mensaje a nuestro cerebro. Es un lenguaje muy complejo que conviene descifrar para curar el cuerpo y el alma de la persona.
Con sus cinco millones de células sensoriales, la piel que nos separa del mundo exterior representa un inmenso receptor de sensaciones. Es el órgano más importante del ser humano porque cada sensación se corresponde a un mensaje humano fundamental en la relación con el prójimo. El primero de estos mensajes es el amor, porque el amor nace del contacto. Los bebés lo saben muy bien, por eso es importante masajearlos. Además, la experiencia ha demostrado que el masaje reduce el tiempo de hospitalización de los prematuros, mejora su coordinación motora y su atención. El efecto aliviante del masaje facilita su adormecimiento. El tacto sirve pues para compartir y apropiarse, pero también es un medio para conocer y reconocer al prójimo.
A lo largo de la vida, la piel seguirá reflejando los altibajos de nuestra vida interior, la cara se pondrá colorada ante la ira o la vergüenza, pálida ante el miedo, resplandecerá ante la alegría y se apagará ante la depresión. Hoy en día, es normal padecer psoriasis, eccemas, herpes o acné al estar sometidos a la ansiedad negativa y las contrariedades afectivas.
Una persona que quiera decir muchas cosas sin poder hacerlo acabará por transmitirlas –conscientemente o no– a través de su piel. El tejido cutáneo posee su propio lenguaje para evocar lo que no decimos de nuestra vida. De la piel al cerebro, del cerebro a la piel, no deja de circular información entre ellos, ante una situación de estrés o una emoción, el dato se traduce en un lenguaje bioquímico por los neurotransmisores que actúan sobre la piel para activar o curar una enfermedad. Dichos neurotransmisores pueden ejercer una influencia muy variada en el espesor de los tejidos, en la fabricación de colágeno o del sebo, en la pigmentación cutánea o en la respuesta inmunitaria, por eso una crema de tratamiento no se puede contentar con actuar en la superficie sino más allá de la piel, para alcanzar el origen del problema. Cuando la piel mejora, toda la imagen de uno mismo se encuentra rehabilitada.
Imagen de nuestra identidad única, profunda y superficial, reflejo de nuestra existencia emocional, la piel se presenta cada vez más como un área con memoria, donde nuestra vida va dejando con el tiempo una huella indeleble.
LA PIEL…SU SENTIDO: EL TACTO
Desde el momento en que sabemos que el tejido cutáneo se desarrolla al mismo tiempo que el sistema nervioso durante el desarrollo del feto, es evidente considerar la piel como algo más que un saco que envuelve un organismo vivo. Nuestra piel puede traducir nuestro estado de salud orgánico, pero, además, se puede considerar como el reflejo más fiel de nuestras emociones, de nuestros pequeños y grandes tormentos. La piel, a través de su sentido el tacto, permite acceder al mundo interior de la persona, rozar su intimidad, su pasado y su historia personal. Debemos considerar la piel como un cerebro extendido de nuestras emociones, que bastaría leer para comprender y tratar a las personas que sufran moralmente. Razón de más para cuidar al máximo nuestra piel.
Cabe recordar que la piel es el órgano más pesado, más extendido, sensible y suave. En un milímetro cuadrado, la piel cuenta con tres vasos sanguíneos, doce nervios y una decena de glándulas sudoríparas y más de un millón de microbios. Ignorada durante mucho tiempo, desconsiderada y a veces maltratada, acaba en mal estado: marchita, ajada, arrugada. En ocasiones, incluso despreciada. Baste recordar como prueba expresiones como “piel de gallina”, “dejarse la piel” o “pellejo. Se la consideraba como un simple útil para envolver, como mucho para proteger, era lo que distinguía a la condición humana, el aliento, centro de la energía vital y el corazón, centro de las emociones. De alguna manera, primaba el alma sobre el cuerpo.
La piel constituye un formidable lugar de intercambio con el mundo que nos rodea, va secretando paulatinamente las señales que el cuerpo humano es capaz de engendrar: material eléctrico o químico según los estímulos, fabricar hormonas, encimas, agentes antibacterianos o sustancias inmunitarias. Mejor que eso, la piel puede producir neurotransmisores, una capacidad que creíamos reservada al cerebro. ¿Hay que sorprenderse? No, si recordamos que el embrión produce tres tipos de tejido: el endodermo, que se convertirá en aparato digestivo y respiratorio; el mesodermo, que se transformará en músculos y células sanguíneas; y finalmente, el ectodermo que, al cabo de tan solo dos semanas, se diferenciará entre piel y sistema nervioso.
El investigador y dermatólogo Laurent Misery habla de “piel neuronal” y considera la piel y el sistema nervioso como “hermanos embriológicos y nostálgicos. Las palabras son a veces diferentes, pero la sintaxis es la misma”. Un lenguaje extraordinariamente complejo, no solo neuronal, se emite a partir de la información que reciben los 200 sensores que contiene cada centímetro cuadrado de la piel. Un ejemplo entre tantos otros de esta riqueza de expresión es la barrera inmunitaria. En caso de agresión, se activan múltiples células: queratinocitos, mastocitos, macrófagos y las más fascinantes de todas, las células de Langhans, que se prolongan en pequeños brazos, capaces de estirarse hasta la superficie de la piel. En presencia de un cuerpo extraño, recuperan una parte de su estructura química (el antígeno) para integrarla y migrar hacia los vasos linfáticos para llegar hasta el ganglio más próximo. Allí, presentan el antígeno a los linfocitos, las células del sistema inmunitario que, a su vez, pasarán a la sangre y atacarán al intruso justo en el lugar en que se encuentre.
Más sutil todavía, cada función cutánea posee su propia secreción. En Francia, un centro de investigación epidérmica y sensorial estudia la cronobiología de la piel. En una duración continua de 48 horas, los diferentes parámetros cutáneos (color, pH, conductancia…) conocen cada uno ciclos específicos circadianos. Así, la producción de sebo que provoca puntos negros y quistes en la adolescencia es máxima entre las 11 y las 13 horas. En cambio, el pico de la función de barrera de la piel se sitúa en plena noche. Conclusión: más vale aplicar un tratamiento hidratante por la mañana y un producto matificante a mediodía. Así va surgiendo un nuevo concepto: la dermociencia.
Tras la era de las cremas purificadoras y las cremas protectoras, llega una nueva generación en cosmetología, la que repara. En el futuro, hablaremos de cosmética dinámica o dermocosmética inteligente, un ámbito en el que debemos centrar nuestros esfuerzos porque, si bien la piel está hecha para durar 160 años (según el profesor Dubertret), envejece ineluctablemente, va perdiendo progresivamente su elasticidad, se van formando arrugas que se hunden y van apareciendo manchas oscuras. La sensibilidad cutánea se debilita.
Se ha comparado el límite de agudeza táctil entre dos franjas de edad, 24 años de media en un grupo y 66 años en el otro. Dicho límite de sensibilidad varía en el espacio, pero también en el tiempo, porque es de 7 mm de media en los jóvenes y de 10 mm en los ancianos, es decir, ¡un margen de casi el 50 %! Para explicar semejante diferencia, se han aportado tres explicaciones: el debilitamiento del sistema nervioso, una menor densidad de los sensores cutáneos y las propiedades específicas de la piel, como medio intermediario.
Mejor hidratada, la piel sería más sensible, hasta un 30 % más de percepción suplementaria. Cuando no nos encontramos bien, la piel lo expresa en su lenguaje, y no solo lo dice sino que lo manifiesta. Entonces, los tratamientos clásicos no son suficientes.
Hombres, mujeres y niños frágiles de vida caótica, marcados por las rupturas, lutos no superados o un entorno familiar tambaleante gritarán su sufrimiento por medio de manifestaciones cutáneas. La lista es larga: alopecia, psoriasis, eccema, prurito, acné grave… Nada podrá aliviarlos por la piel si al mismo tiempo no se tratan y se trabajan plenamente de manera individual.
La piel pone de evidencia la imagen de uno, es lo que mostramos a la vista de los demás. Los problemas del tejido cutáneo se encuentran entre tres elementos distintos: un terreno más o menos favorable, una patología particular y una expresión, en un momento determinado y en un contexto dado, de una forma de malestar. Una dificultad añadida consiste en el hecho de que esta afección puede tener varios sentidos, dicho de otro modo, es el árbol que no deja ver el bosque.

No hay comentarios:

Publicar un comentario